Felipe Echandi

Que no nos metan gato autoritario por liebre utópica

Felipe Echandi
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Que no nos metan gato autoritario por liebre utópica

La corrupción y los abusos de poder son una epidemia que asedia a nuestro país y región desde hace décadas. Nadie niega que hay muchísimo por hacer para contener este problema, limitando la arbitrariedad en la operación del Estado, creando una cultura de certeza de castigo ante el abuso de poder, y promoviendo los valores deseables para la convivencia pacífica. Ahora, como en toda coyuntura, no faltan los oportunistas tratando de pescar en río revuelto. Las revelaciones sobre Odebrecht han inspirado a grupos políticos, principalmente de extrema izquierda, que piden “barrer a los órganos del Estado” y “refundar al Estado desde las raíces del pueblo”, con llamados abiertos a una revolución socialista o a una asamblea constituyente originaria, que rediseñe por completo la estructura institucional del país.

La historia tiene incontables ejemplos que han permitido que estos grupos persigan utopías revolucionarias, destruyendo o replanteando totalmente las estructuras institucionales imperfectas vigentes. Sin excepción, estos grandes “experimentos” se han convertido en los ejemplos más brutales de miseria y de muerte de la historia humana. Luego de prometer libertad, igualdad y fraternidad, los revolucionarios franceses instauraron el régimen del terror realizando ejecuciones masivas de los “enemigos de la revolución”.

Entre 1966 y 1976, Mao Zedong se embarcó en su gran revolución cultural proletaria. Con la destrucción de los “cuatro viejos”–usos antiguos, costumbres antiguas, cultura antigua y pensamiento antiguo–, China se vio paralizada política y económicamente. Los ciudadanos que expresaban intereses ajenos a la exaltación de la figura de Mao se exponían a constantes asedios por parte de los guardias rojos e, incluso, a ser ejecutados.

Recientemente, hemos visto cómo el socialismo del siglo XXI ha destruido el tejido social, económico y ético en Venezuela, forzando a que sus habitantes dejen ese país, por montones.

El idealismo es una fuerza positiva que nos mueve a perseguir sueños, pero si lo aplicamos utópicamente a la política nos exponemos a no lograr ese sueño y a perder lo imperfecto que tenemos ahora, para quedarnos sin chicha ni limonada. El filósofo político Karl Popper advirtió, en La sociedad abierta y sus enemigos, que la diferencia entre la ingeniería social gradual o la posibilidad de ir corrigiendo el camino, poco a poco, con reformas concertadas ampliamente, y la ingeniería social utópica (o revolucionaria) es “la diferencia que media entre un método razonable para mejorar la suerte del hombre y un método que aplicado sistemáticamente puede conducir a un intolerable aumento del padecer humano”.

Sin negar los graves problemas institucionales y de corrupción que debemos afrontar, es imperativo recordar las muchas cosas que sí han funcionado en Panamá. Según se reportó en el informe Cambiando esclusas: un diagnóstico de crecimiento de Panamá, realizado por el Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, con excepción de 2009 cuando sufrimos las secuelas de la crisis financiera global, la tasa de desempleo en el país ha caído sin pausa desde el año 2001. Las compañías multinacionales han reinvertido más del 70% de sus ganancias en el país, desde 2013. Según cifras oficiales del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), en Panamá la pobreza ha caído constantemente, y pasó de representar al 34% de la población, en 2008, al 23%, en 2015. El MEF reconoce que esta dramática caída se debe, principalmente, al rápido crecimiento económico del país, y no a dádivas y subsidios.

Queda mucho por hacer, pero es imperativo que no nos dejemos llevar por grupos políticos irresponsables que buscan que tiremos todo lo bueno de nuestro sistema junto con lo malo. La corrupción debe ser controlada de raíz, con una combinación de activismo de la sociedad civil, fuertes limitaciones al poder público y exigencias de transparencia a los funcionarios y contratistas del Estado. Una revolución socialista o una asamblea constituyente originaria pone en riesgo todo lo que sí vale la pena mantener. No dejemos que los oportunistas nos metan gato autoritario por liebre utópica.

Artículo de opinión publicado en el Diario La Prensa de Panamá.

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